El vampiro (Horacio Quiroga) / Biblioteca de El Sol, 124 - CECISA, 1991



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    Estado: Bueno (muy pocas señales de uso)


    Datos bibliográficos

    Género:     Relato corto Descripción:    96 p. 18,5 x 13,5 cm
    Editor:Compañía Europea de Comunicación e Información (CECISA)Formato:Económico. Tapa flexible
    Colección:    Biblioteca de El SolISBN:8479691514
                                

    Un viaje con Leopoldo Lugones a las ruinas jesuíticas de Misiones en 1903, en el Alto Paraná, cambió la vida de Horacio Quiroga. Fuertemente atraído por la zona del nordeste argentino, se animó a probar suerte con el cultivo de algodón y a instalarse, a comienzos de 1904 y hasta mediados de 1905, a unos 30 kilómetros al sudoeste de Resistencia, en las inmediaciones del arroyo El Saladito. Este breve periodo como agricultor algodonero en la provincia del Chaco y su larga permanencia posterior en la de Misiones, fueron el sustento vital de Quiroga para desarrollar su escritura. De la agreste naturaleza de los dos sitios el escritor uruguayo adaptó y convirtió en ficción paisajes, tipos humanos, fábulas locales y su propio devenir biográfico. Amigo de Rubén Darío y de Julio Herrera y Reissig, es autor de un Decálogo del cuentista, donde reconoce como maestros a Maupassant, Poe y Chejov, quedando situado por la crítica entre los epígonos del modernismo y los innovadores del relato contemporáneo.

    Con la publicación de Anaconda y otros cuentos (1921), colección de relatos de la que proceden los seleccionados para este volumen, Horacio Quiroga alcanzó gran repercusión entre la crítica y el público del continente americano. Son narraciones aparecidas originalmente en publicaciones porteñas en los años anteriores que dan cuenta de un amplio periodo de su experiencia narrativa y vital: los primeros años en Buenos Aires, el deslumbramiento por la cinematografía, sus proyectos agrícolas en el Chaco, la profunda incursión en Misiones, el regreso a la capital.

    CONTENIDO

    El vampiro

    Un abogado llamado Rhode refiere un extraño caso de vampirismo cuya defensa llevó: el de Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, que fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos…

    La mancha hiptálmica

    Este relato plantea un juego literario en el que el autor desdibuja el límite que existe entre realidad y ficción, trasladando los matices del horror de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant hacia una atmósfera rioplatense, donde las manchas en la pared pueden llegar a ser verdaderamente inquietantes.

    El protagonista, Federico, está con otros dos hombres en una de las habitaciones de su casa cuando, de pronto, uno de ellos le hace una pregunta: «¿qué tiene esa pared?». Él le contesta con toda naturalidad que es «la mancha hiptálmica» y explica que su mujer, con la que estaba casado desde hacía solo siete meses, dormía en el lado de la cama más próximo a la mancha hasta su muerte, ocurrida tres días antes. A partir de aquí, el cuento retrocede al pasado para contar la historia de su amor desgraciado.

    ¿Pero qué es la «mancha hiptálmica» en sí? Tal vez nunca lo sabremos en realidad, sin embargo del relato se puede extraer alguna idea. ¿El regreso a la fantasía o el descubrimiento de la realidad cotidiana e infeliz? ¿La muerte de la inocencia virginal o el descubrimiento de la lujuria apasionada en el otro u otra que no se puede satisfacer siempre? ¿Será tal vez este miedo lo que impulsa a Federico a asesinar a su mujer?

    «La mancha hiptálmica» constituye un cuento sorprendente, presto a miles de interpretaciones y por ello una pequeña joya narrativa.

    La crema de chocolate

    Don Fernández relata cómo cierta vez fue agricultor, médico y cocinero en el Chaco, donde llegó junto con un compañero para construir un rancho y plantar un algodonal.

    Este es un de los cuentos inspirados por las experiencias de Quiroga cuando estableció una plantación de algodón en el Chaco.

    Los cascarudos

    La quinta del Yabebirí era un prodigio de producción agropecuaria. Había allí plantaciones de yerba mate, viveros de cafetos, de chirimoyas y heveas. Pero lo más admirable de la quinta era su bananal.

    Con mucho esfuerzo, el patrón de la quinta, monsieur Robin, logró inculcar a cinco peones del país el sistema de cultivo de bananal practicado en Cuba, que no permitía más de tres vástagos a cada banano para evitar que éste tornara en un macizo de más de diez pies, con el consiguiente empobrecimiento de la tierra, exceso de sombra y lógica degeneración del fruto.

    Así, el destino de monsieur Robin, de sus bananos y sus cinco peones parecía asegurado, cuando llegó a Misiones el sabio naturalista Fritz Franke, entomólogo distinguidísimo y adjunto al Museo de Historia Natural de París.

    Venía el joven sabio efusivamente recomendado a monsieur Robin, y éste puso a su completa disposición la quinta del Yabebirí, con lo cual Fritz Franke pudo fácilmente completar en cuatro o cinco meses sus colecciones de insectos de Sudamérica. Por lo demás, el capataz recibió de monsieur Robin especial recomendación de ayudar al distinguido huésped en cuanto fuera posible.

    Al principio, los peones habían hallado ridículo sobre toda ponderación a aquel joven de interminables pantorrillas que se pasaba las horas en cuclillas revolviendo yuyos (hierbas silvestres) e inspeccionando y recolectando bichitos.

    Todo cambió a los pocos días, cuando uno de ellos se atrevió a ofrecer al naturalista un cascarudito que había hallado. El peón llevaba muchísima más sorna que cascarudito; pero el coleóptero resultó ser de una especie nueva, y herr Franke, contento, gratificó al peón con cinco cartuchos. El peón se retiró, para volver al rato con sus compañeros, y este fue el principio de la catástrofe…

    El Divino

    Un agrimensor llamado Howard había ido al fondo de Misiones, sobre la frontera de Brasil, a medir una propiedad que su dueño quería vender. El terreno no era grande, pero el trabajo era rudo por tratarse de bosque inextricable y quebradas a prueba de nivel.

    Howard se había instalado en un rancho que ocupaba la cúspide de una loma que descendía al oeste hasta la vera del bosque. Tras trabajar todo el invierno que pudo aprovechar, llegó el verano, y con tan húmedo y sofocante inicio que el bosque entero zumbó de mosquitos y barigüís o moscas negras, un insecto que muerde y es plaga en la cuenca del Salado tras las inundaciones, a tal punto que a Howard le faltó valor para afrontarlos. No siendo por lo demás urgente su trabajo, se dispuso a descansar quince días.

    Para entretenerse, Howard construyó una cometa en compañía de su ayudante.

    Un día, en pleno remonte de la cometa, oyeron el redoble de un tambor. En verdad, más que redoble aquello era un acompañamiento de comparsa.

    Pronto vieron ascender, por el sendero que ascendía la loma, una comitiva portando un estandarte al frente con la emblemática del Espíritu Santo (una paloma).

    Según fue informado Howard, aquello era El Divino, una comitiva que recorría la comarca en ciertas épocas curando los males.

    Aunque el agrimensor y su ayudante gozaban de excelente salud, aceptaron de buen grado la intervención paliativa del Paráclito. Pero a pesar de la unción medicinal de que estaban poseídos los acólitos, Howard vio muy claramente que éstos no pensaban sino en la cometa que sostenía el ayudante. La devoraban con los ojos, de modo que sus loas al igual de sus bocas abiertas estaban rectamente dirigidas a la cometa.

    Jamás habían visto eso; cosa no extraña en aquellas tenebrosidades…

    El canto del cisne

    Dicen que los cisnes anunciando su muerte cantan antes de morir. En este cuento pasa exactamente eso, pero con un inesperado final.

    Un hombre relata la extraordinaria historia acontecida a su hermana Mercedes en el lago de una quinta de la localidad de Martínez, en la zona norte del Gran Buenos Aires.

    En dicho lago había varios cisnes blancos, uno de los cuales tenía un comportamiento muy extraño y peculiar.

    Se trata de una historia romántica preciosa, con una resolución tan melancólica como fantástica.

    Dieta de amor

    Uno de los más célebres cuentos de Horacio Quiroga, en donde se acentúan con frágil maestría las líneas, en donde el amor se desvanece, sangra y parece ser el más horrible de los crímenes o el más criminal de los holocaustos; en ella se muestra un lánguido, desfallecido, hambruno y vampiresco personaje que trasega tras la sombra física de Nora, una chica de traje azul marino, hija del doctor Swindenborg, un médico dietético...

    Sobre este cuento, comentó el artista mexicano Gustavo Montoya (1905-2003) que «sazona con magistral sapiencia sentimientos del alma, deformaciones, rasgos morales, energías, locuras, taras, es decir, destinos vitales...».

    Miss Dorothy Phillips, mi esposa

    La relación primordial en Quiroga entre la vida personal y la creación no solo tiene lugar en el marco salvaje de la selva misionera, también posee su vertiente urbana. Así notaremos que fue durante su larga estancia (1916-1931) en la ciudad de Buenos Aires y en Vicente López, cuando en las salas oscuras se dejó seducir por el cinematógrafo, una seducción vivida que pronto se convirtió en fascinación inspiradora y que dio pie a su prolija y apasionada actividad periodística sobre el cine mudo en varias revistas de Buenos Aires entre 1919 y 19271. En ese contexto, no es de extrañar que tal esfera de interés, tanto estético y técnico como emotivo, se trasladara a su vez al universo de sus ficciones en cuatro cuentos, uno de ellos el titulado «Miss Dorothy Phillips, mi esposa».

    Guillermo Grant es su protagonista y va a aparecer en dos relatos más de esta serie cinematográfica, lo cual da otra dimensión a este relato en concreto, que claro está, tiene un final, pero al tiempo encuentra una continuación en las otras historias que va a vivir este pobre diablo. A ello debe sumarse el hecho de que se sabe que Quiroga utilizó un seudónimo con el que firmó sus colaboraciones en alguna de las revistas cinematográficas en las que participó; el seudónimo no era otro que «El esposo de Dorothy Phillips».

    No es este, por tanto, un relato más de Quiroga, sino que para el autor esta onírica y amorosa historia atesora una importancia especial.

    AUTOR

    Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937) fue un cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo de ancestros gallegos. Fue el maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista. El aire fantástico de sus relatos, que a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe.

    Vivió en su país natal hasta la edad de 23 años, momento en el cual, luego de matar accidentalmente a su mejor amigo, decidió emigrar a Argentina, país donde vivió treinta y cinco años —hasta su muerte—, donde se casó dos veces, tuvo sus tres hijos, y en donde además desarrolló la mayor parte de su obra. Su carrera literaria se había iniciado con la publicación de un libro de poesía, Los arrecifes de coral (1901), antes de trasladarse a Argentina, donde transcurrió el resto de su vida. Signado por la tragedia, con la que llegó a establecer una relación tan estrecha que resulta imposible determinar quien llamaba a quien, desarrolló una actividad creativa de rara intensidad. Atraído por la selva, vivió largos periodos de su existencia en Misiones, cerca de las ruinas jesuíticas. Sus experiencias en una zona de frontera a la que sus lectores de la ciudad no tenían acceso, el conocimiento de gentes, animales y plantas «exóticas» que supo integrar a sus relatos, determinó que sus ficciones adquirieran una marca de estilo. También puede pensarse en él como un enfermo, un obsesivo que abandonó la vida refinada de la gran urbe para arribar, gracias a fatalidades y decepciones, a esa condición de escritor excéntrico y subversivo.

    El artista mexicano Gustavo Montoya (1905-2003) dijo sobre la obra de Horacio Quiroga que «excede los límites de un movimiento literario concreto contemporáneo del postmodernismo, en ella se encuentran rasgos románticos, realistas, naturalistas, surrealistas o fantásticos. Entregado a una vida sencilla y austera, integrado a la naturaleza, artesano, funcionario, escritor, proletario —en cuanto escribía para subsistir—, ha quedado como uno de los grandes cuentistas de nuestro siglo, y como el primer teorizador del género».

    La vida de Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios, culminó por decisión propia, cuando ingirió cianuro en el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad, tras enterarse de que padecía cáncer de próstata.

     


    COLECCIÓN «BIBLIOTECA DE EL SOL»

    El Sol fue un periódico español gestionado por el Grupo Anaya, que existió apenas durante dos años, cerrando en 1992. La publicación se inspiró en El Sol, histórica cabecera madrileña fundada en 1917 y desaparecida con la Guerra Civil de 1936. El nuevo periódico El Sol,  fundado en 1990 por el destacado editor y mecenas cultural salmantino Germán Sánchez Ruipérez —a la sazón fundador y presidente del grupo editorial Anaya—, fue el primer diario español que contó con una redacción totalmente informatizada.

    En 1991, El Sol se convirtió también en el primer diario nacional con regalos promocionales, fomentando la lectura y la cultura con una colección de libros en formato económico, denominada Biblioteca de El Sol, editados por la Compañía Europea de Comunicación e Información, S.A. (CECISA) y que llegó hasta los 325 títulos, muchos de los cuales comienzan a ser muy buscados por coleccionistas.

    Esta colección tiene un considerable potencial de revalorización en el tiempo, no tanto por razones técnicas como de índole artística e histórica, tales como: la efímera existencia del periódico con el que se distribuyó y de la empresa editora CECISA; el que detrás de esta iniciativa de fomento de la lectura se encuentre el empeño personal de Germán Sánchez Ruipérez; el innovador formato de edición y promoción; la rareza y/o gran calidad literaria de algunas de las publicaciones; la publicidad promocional inserta en un faldón de portada y a toda página en contraportada; las portadas originales firmadas por un amplio elenco de ilustradores y diseñadores gráficos nacionales (Rodrigo Sánchez, Luis Mesón, Ángel Uriarte, Humberto Blanco, José Carlos Cazaña, Ana Isabel González, José L.N. Salinas, Carmen Cano, Natalia Parejo, Sergio Señán, Carmen Trejo, Ricardo Salvador, Jesús Rica, Emma Navarro, C.C. Nieto, Ignacio Catalán, etc.)...

     

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España (Madrid)
Antigüedad: 24/05/2012

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