23 de jun, 2026 por Ignacio del Valle
Los juguetes de hojalata son mucho más que metal y pintura: son recuerdos en movimiento. Recorremos su historia, desde los talleres de Núremberg hasta la cuna juguetera de Ibi. Una ruta nostálgica por piezas que hoy siguen latiendo en vitrinas y colecciones.
Te invitamos a poner en marcha esos momentos en que los juguetes de hojalata convirtieron el metal en fantasía: desde los talleres alemanes de Núremberg hasta la cuna española del juguete en Ibi, pasando por Francia, Reino Unido, Estados Unidos y Japón. Un viaje que hoy continúa vivo en vitrinas, colecciones y, por supuesto, en todocoleccion, donde muchas de estas piezas siguen buscando manos que las pongan de nuevo en marcha.

La capital histórica del juguete de hojalata es Núremberg, en Baviera. Desde el siglo XIX, esta ciudad alemana se convirtió en el gran laboratorio donde el metal se transformaba en trenes, barcos, animales y figuras de cuerda.
Los primeros fabricantes, como Hilpert, aprovecharon un avance técnico que lo cambió todo: la litografía sobre hojalata, es decir, la impresión de dibujos y colores directamente sobre la chapa. Frente a la pintura manual, permitía producir en serie juguetes más vistosos, detallados y asequibles. Era la combinación perfecta entre industria y fantasía.
Pronto se sumaron a esta carrera nombres hoy míticos para el coleccionista:
- Bing, que llegaría a ser uno de los mayores fabricantes de juguetes del mundo.
- Märklin, cuyo nombre quedaría para siempre asociado al tren eléctrico y al modelismo ferroviario.

Antes de la Primera Guerra Mundial, el mapa juguetero de Núremberg se completaba con firmas como Karl Bub o Georges Carette, que producían trenes, coches, tranvías y todo tipo de vehículos de hojalata.
En el periodo de entreguerras brillan dos nombres clave:
- Schuco, célebre por sus animales de cuerda, payasos, acróbatas, coches y figuras con movimientos sorprendentes, juguetera que todavía sigue muy activa en la actualidad.
- Fleischmann, que destacó con sus barcos de hojalata, algunos incluso con motor de vapor, capaces de navegar de verdad en bañeras y estanques.
Para muchos coleccionistas, los juguetes de Núremberg representan la edad clásica de la hojalata: diseños elegantes, mecanismos fiables y un colorido vibrante.

El fenómeno no tardó en extenderse más allá de Alemania. En Gran Bretaña, marcas como Tri-ang (Lines Brothers) o Frank Hornby llevaron la hojalata al terreno del tren, los vehículos y sistemas como Meccano, que mezclaban diversión con una pequeña lección de ingeniería doméstica.
En Francia, la tradición juguetera se tiñó de elegancia parisina con nombres como Fernand Martin, JEP (Jouets de París) o Charles Rossignol (CR), especialistas en trenes urbanos, tranvías y vehículos de reparto.
Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos vivió su propia trayectoria. Tras pioneros como George W. Brown o Edward D. Ives, sería Louis Marx quien, desde 1919, levantaría un auténtico imperio con Marx Toys: personajes licenciados, grandes juegos mecánicos y conjuntos memorables como la Merry Makers Mouse Band, una banda de ratones músicos de hojalata. Firmas como Julius Chein completaron el panorama con payasos, vehículos y carruseles pensados para los grandes almacenes y las campañas de Navidad.

Pero, la gran potencia que terminaría eclipsando a muchos fabricantes occidentales fue Japón. Tras aprender de los modelos europeos a finales del XIX, su industria despegó con fuerza después de la Segunda Guerra Mundial. Fábricas como Masudaya, Yonezawa, Marusan o Ichiko inundaron el mundo con tranvías, trenes, aviones y, sobre todo, robots y naves espaciales de hojalata: estampados coloristas, mecanismos complejos, luces, chispas y antenas que encarnaban la fascinación por la era atómica y la conquista del espacio.

Para muchos coleccionistas actuales, esos robots japoneses de los años 50 y 60 son uno de los puntos culminantes del juguete de hojalata: piezas que combinan nostalgia, diseño pop y la melancolía por un futuro que nunca fue exactamente como lo imaginamos.
En España, la historia del juguete de hojalata tiene un sabor propio, muy ligado a la geografía industrial del país, que llegó a representar hasta un porcentaje muy significativo del PIB nacional. El gran despegue se produce a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, coincidiendo con el auge industrial de zonas como el valle del Vinalopó (Alicante). Allí nacen algunas de las marcas que hoy son auténticos mitos para el coleccionista.
- Payá Hermanos (Ibi, 1905), pionera en la fabricación de juguetes de hojalata y, más tarde, de trenes y juguetes eléctricos.
- Rico (Ibi, 1910), que se haría famosa por sus coches, camiones y vehículos militares a escala.

Más adelante, firmas como Jyesa, Román, Cubas y otros talleres auxiliares completarían un tejido industrial que convirtió a Ibi y su entorno en la cuna del juguete español.
Las primeras piezas eran relativamente sencillas: pequeños vehículos, silbatos, figuras con mecanismos básicos. Pero muy pronto la litografía sobre hojalata permitió crear juguetes de una riqueza gráfica sorprendente. Basta ver, por ejemplo, los antiguos aviones de hojalata de Payá o los coches y camiones de Rico, con sus colores vívidos y escenas detalladas en cada lateral.

En paralelo, la Revolución Industrial cambió los modos de producción: de los meticulosos talleres de maestros jugueteros, que trabajaban por encargo para la burguesía, se pasó a la fabricación en serie en grandes plantas fabriles. Este cambio redujo costes y democratizó el acceso al juego, llevando los juguetes a los niños de todas las clases sociales y preparando el terreno para la hojalata litografiada.

Adentrarse en el mundo de los juguetes antiguos es iniciar un viaje hacia la infancia de otras épocas. El verdadero valor de estas piezas no está en haber sido concebidas como objetos de vitrina, sino en su naturaleza original: fueron creadas para jugar. Son pequeñas obras de arte que han sobrevivido, casi milagrosamente, a las incansables y traviesas manos de los niños del pasado.

En el coleccionismo de juguetes antiguos o vintage, la primera regla es el estado de conservación: cuanto mejor, mayor valor. La pieza ideal es la que nunca ha salido de su caja original. Ante un juguete deteriorado, es preferible no repintar ni mejorar su aspecto; solo se justifican intervenciones mínimas para asegurar la integridad del mecanismo. Mantener la pintura, la litografía y los accesorios originales es esencial, porque una restauración inadecuada o una capa de pintura moderna pueden arruinar su valor histórico y económico: los especialistas prefieren el desgaste y pátina auténtica al brillo artificial.

La segunda gran clave es entender que el raro de ayer suele ser el tesoro de hoy. Los expertos buscan figuras, variantes o muñecos que en su momento no tuvieron éxito: tiradas cortas, modelos retirados pronto del mercado o piezas de las que apenas han sobrevivido ejemplares. Esas variantes poco vistas, colores inusuales o personajes secundarios pueden alcanzar hoy cotizaciones más altas que los grandes superventas. Y si quieres poner en práctica estas reglas, en el catálogo de todocoleccion tienes miles de juguetes de hojalata de todas las épocas y fabricantes, listos para que el metal vuelva a contarte su historia.